Estas palabras, tan sencillas pero profundamente significativas, encierran un mensaje que muchas personas han necesitado escuchar desde la infancia. En mi trabajo con adultos, cuando exploramos y sanamos heridas de su niñez, suelo preguntar:
“¿Qué necesitabas en ese momento de tu vida?”
La respuesta más común es:
“Saber que todo iba a estar bien.”
Por eso, en este mes del niño y la niña, quiero hablarte de lo que realmente necesita un infante, a partir de lo que he aprendido trabajando con adultos que, sin saberlo, siguen siendo niños heridos intentando vivir en un mundo de grandes. Cuando la infancia no ha sido sanada, el adulto inevitablemente lo refleja.
Tendemos a creer que, por haber pasado muchos años, las heridas del pasado ya están superadas. Sin embargo, cuando las recordamos y el corazón se nos encoge, cuando al hablar de ellas los ojos se llenan de lágrimas, es una señal clara de que la herida sigue viva. Puedes tener hoy 45 años y seguir sintiendo el dolor de lo que ocurrió a los 5.
Y es que para la mente no existe el pasado ni el futuro, todo lo experimenta como presente. Además, no distingue entre lo real y lo imaginado, lo que significa que, al recordar un momento doloroso, la mente lo revive como si estuviera ocurriendo en ese instante.
Imagina a alguien que fue víctima de abuso a los 6 años y hoy tiene 50. Si ha recordado esa experiencia con frecuencia a lo largo de su vida, su cuerpo y su mente han sentido como si ese abuso se repitiera día tras día. El impacto emocional y físico se vuelve acumulativo.
Entonces, te pregunto:
¿Cuántos recuerdos dolorosos sigues trayendo a tu mente?
¿Cuántas historias tristes repites todos los días?
No es de sorprender que te sientas abrumado, melancólico o cansado emocionalmente.
La sanación comienza cuando decidimos cuidar y abrazar a nuestro niño o niña interior. Si esa parte de ti sana, también lo hará el adulto que eres hoy.
🌟 Un ejercicio para reconectar contigo
Quiero compartirte un ejercicio que me ha encantado desde la primera vez que lo realicé. Te invito a seguirlo paso a paso, sin saltarte ningún momento, porque cada parte es significativa.
PASO 1
Piensa en un personaje favorito de tu infancia: puede ser una caricatura, un superhéroe, alguien de una película o serie.
PASO 2
Toma una hoja y un lápiz. Respira profundo, cierra los ojos e imagina que vuelves a ser ese niño o niña.
PASO 3
Escríbele una carta a ese personaje. Cuéntale cuánto lo admiras, qué te gustaba de él o ella. Háblale de ti:
– ¿Cómo fue tu infancia?
– ¿Cómo te sientes con tu vida?
– ¿Te gustaría pedirle un consejo?
Escribe con la mano contraria a la que usas normalmente.
Si eres diestro(a), usa la izquierda. Si eres zurdo(a), usa la derecha.
Dobla la carta y déjala donde la escribiste (mesa, escritorio, etc.).
PASO 4
Ponte de pie, cierra los ojos e imagina que ahora eres ese personaje. Has recibido una carta de un admirador. Léela y responde con todo tu cariño.
Escribe la respuesta con tu mano habitual.
Dobla la carta y colócala donde encontraste la primera.
PASO 5
Vuelve a ser ese niño o niña. Recoge la carta de tu personaje favorito y léela con atención. Permítete sentir lo que surja.
Este ejercicio te ayudará a reconectar con tu parte más auténtica y vulnerable. A ese niño o niña que un día fuiste y que, en realidad, sigue viviendo dentro de ti. Al cuidarle, le das permiso de sanar, de jugar, de confiar… y de creer que todo va a estar bien.
Recuerda: pase lo que pase, TODO VA A ESTAR BIEN. 😉


Deja un comentario